Así se sentía el pueblo de Israel, en la salida de Egipto, en su liberación de la esclavitud, en los albores del inicio, y lógicamente su fe era débil. Se sentían torturados por la sed, y cómo le murmuraban a Moisés, no a otro cualquiera, sino al escogido por Dios para llevar a cabo otra página de la salvación, allí en el monte, el Señor llamó: “Moisés, Moisés...”
Y él, con su fe y su cayado, tras consultar al Señor, golpeó la peña y brotó el agua, que dio de beber a todo el pueblo, a todos los hombres, a todos los ganados. Por la fe de Moisés, son salvados, pero después Dios envía a su Hijo Jesucristo, para redimirnos a todos, y viene a buscar, uno por uno, a todos nosotros, sin distinción, ni privilegios. De ahí que se cansara al bajar el camino, al descender al nivel de lo humano, de lo más profundamente humano.
Y tuvo que sentarse junto a un pozo, que según cuentan, dio de beber a Jacob, a sus hijos, en incluso a los ganados de éstos. Allí se sienta a descansar, en un pueblo de Samaria llamado Sicar.
En una ocasión, hace aún muchos años, cuando todavía se regaba todo por las acequias, nos contrataban a algunos para limpiarlas, y de esta manera el agua pudiera correr más y mejor. En un tramo, la acequia se había llenado de unos palos y unas piedras que habían caído del camino, y habían hecho como de tapón, no dejando pasar el agua, y dificultando mucho la tarea del regar.
No pienses que me he desviado del tema, ya que sigo con el agua, pero me viene a la mente lo que Sicar significa, y qué casualidad que sea “cuando algo está obstruido”. Por eso Jesús se sienta allí, a esperar el deseo del encuentro. Si nadie le pide que desemboce el atasco, no puede hacerlo. Se sienta a descansar, no de caminar sino de la torpeza de los hombres, que parece que nunca aprendemos de nuestros errores.
Si hay deseo, hay encuentro, por eso nos dice: “Pedid y se os dará”.
Toda Samaria estaba obstruida, y toda ella, por una mujer, ve cómo sus aguas vuelven a correr libremente, como el Amor de Jesús por todos ellos. Por ella, la que da el primer testimonio, creen, por la fe de uno, como en Moisés, y luego cuando lo conocen ya no la necesitan. Es normal, quien tiene la suerte, quienes tenemos la gracia de haber podido conocer a Jesús, nada más necesitamos. ¡Sólo Dios basta!
Jesús, con suavidad de anciano, con la paciencia de la sabiduría, deja hablar y escucha, y así al final, si haces silencio, Él te mira desde tu altura, y te comunica su plan para ti. Pero sólo en Él está la paz.
Y Jesús se quedó allí dos días, invitado por este pueblo, que había tenido tanto tiempo las aguas estancadas. Comprendieron que el verdadero culto a Dios sólo se puede hacer desde el corazón, en espíritu y verdad.
Él siempre te está escuchando. ¿Le hablas tú a Él? ¿Le cuentas lo tuyo?





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